El gallo
Eran las cinco de la mañana de un sábado de 1997. Extrañamente, no cantó el gallo para despertar a la familia de J. F. Herrán. El poblado de Santa María del Calvario se situaba en las faldas de un volcán apagado, por lo que la tierra era rica y provechosa en minerales. Por esa razón, la mayoría de los habitantes se dedicaban a la siembra de flores. Rosas, margaritas, lirios, claveles, orquídeas y árboles de aguacates rodeaban a una finca de adobe, de no más de dos pisos, que se encontraba en las afueras del pueblo.
Cerca de ahí, había dos ojos de agua. La abundancia era más que evidente, era un edén de gineceos y estambres. La finca “El Telar” formaba parte de una antigua hacienda, fundada por un oscuro español de apellido Font en 1826. Sus hijos y sus bastardos poco a poco fueron dilapidando la herencia, por lo que la finca y unas siete hectáreas fueron a dar -por azar- a manos del abuelo de J. F. Herrán, quien fue un carpintero de tendencias anarquistas que llegó a Santa María al ser perseguido por la policía de Ciudad de México.
Un auténtico mar de flora y de insectos asediaba a la finca de los Herrán. No había silencio. Se escuchaba -de día y de noche- el canto de los grillos, las ráfagas de viento que cruzaban por el solar y los pasillos, el agua corriendo por los canales y acequias, el ladrido de los perros. Pero aquella vez no se escuchó el cacarear del gallo. J. F. Herrán y su mujer, Lucía Cometa, despertaron preguntándose por el animal que no cantó. Y es que el cuerpo del campesino se acostumbra a la hora exacta para levantarse y trabajar, o bien, para cenar y dormir.
J. F. y Lucía se vistieron con ropa de algodón para soportar los fríos que bajaban del volcán, se amarraron los cordones de unas pesadas botas y salieron del dormitorio. Buscaron al gallo, que obedecía al nombre de Hortensio. En el solar observaron un rastro de color carmín que se dirigía a un sembradío de orquídeas, mientras que los perros empezaron a ladrar y a correr como locos. Aún no salía el púrpura sol, la luz brillaba con un tenue color azulado y sombras. A esas horas, dicen los ancianos del pueblo, los diablos aún caminan por el mundo. Es lo que llaman como la hora azul.
A cada paso que daban, en J. F. y Lucía crecían preocupaciones, también un miedo. Por el sembradío siguieron el caminito rojo hasta que llegaron a una visceral escena. El gallo Hortensio muerto, medio cortado, medio comido. Un despojo de animal, pobre, destrozado. Lucía gritó y lloró en dolores erráticos. Las sombras azules aún dominaban, una de ellas se movió. J. F. divisó entre los tallos de las flores unos graves ojos amarillentos. Una mirada, que no pertenecía a bestia conocida o taxonómica, los observaba.
J. F. desenfundó un machete, que cargaba siempre, y se dirigió a esos ojos. Esa cosa, bestia o demonio se dejó ver. Deforme, alargado, huesudo, como perro rabioso o un lobo famélico, se paró en dos patas y atacó al hombre. J. F. dio un salto y le dio un machetazo en las costillas. No salió sangre, sino una pus ocre y negra. La bestia herida aulló como un trueno y huyó despavorida. Lucía estaba atónita y su esposo aún ardía en violencia. Unos minutos más tarde, los niños Herrán y unos vecinos llegaron a la escena. Amaneció y el horror se hizo más grande.
El rumor llegó al pueblo y muchos fueron a ver al gallo del Telar. Como J. F. era hombre respetable y honrado, convocó a algunos hombres del pueblo y relató lo sucedido en la madrugada. Agarraron unos rifles y pistolas para rastrear a la bestia. Los ancianos dijeron que era el diablo y que mejor era dejarlo ser, porque luego éste toma represalias con los seres queridos de quienes lo persiguen. Otros señalaron que en pueblos cercanos habían visto cosas similares. En San Miguel Arcángel del Río vieron a un murciélago con cuerpo de perro; en el Santuario del Cristo Negro de Chalma a un guajolote con cuerpo de murciélago; en La Ascensión Zumpahuacán a un lobo sarnoso con la cara podrida -que decían era el chupacabras-.
La caza de la bestia, o del diablo, o del guajolote, o del murciélago, o del lobo sarnoso, o del chupacabras no tuvo éxito. Esa noche, por temor o por curiosidad, casi nadie durmió en Santa María del Calvario. Todos los varones cargaban un fierro, mientras que la demás gente se encomendó a un santo, santa, crucifijo o a un cuchillo. Al día siguiente, en un poblado cercano llamado San Agustín de Zinacantepec volvió a aparecer un animal muerto. El miedo se hizo común en toda la región de los cultivadores de flores.
El mundo rural es un mundo donde las tradiciones y las costumbres están a la orden del día. Un mundo que vive en constante temeridad de Dios y de las fuerzas sobrenaturales que lo rodean. Es un mundo donde la ciencia está bastante perdida en responder, donde la razón aún sigue siendo una ilusión. Los seres que habitan los montes, los ríos y los desiertos son tan reales como un libro de física avanzada o un balón de fútbol.
A mi abuela Raquel Reyna Zepeda


Pobre Hortensio 😭
Y wood, muy atrapante y atractivo relato, la carga se misterio fue lo más ✨️
Y qué te digo, ganas de visitar ese lugar, pero de día 😔 de noche me sale el diavlo
Gracias por refregarme mi poca seriedad con la dinámica 😂 te quedó excelente 💜