Buda (I)
Ayer me acosté al atardecer debajo de un frondoso árbol de higos al filo del tiempo intempestivamente fuera de esta época en otro universo un intersticio de horas entre las largas sombras el contundente sueño me tomó y la mirada se volvió interior ahora soñaba con el niño que fui sentado en un negro bosque en flor de loto mis piernas y brazos meditando rodeado por un dilatado silencio pensando sin pensar pensando en el vacío en medio de un abismo blanco un sueño dentro de otro sueño de pronto la voz de un Buda resonó indómito locuaz con la fuerza de mil ecos con la fuerza de un millón de soles con la advertencia ¡Despierta ya, mortal, efímero! ¡Que la vida está transcurriendo! el tiempo fuera de sí dislocado fin del blanco absoluto de ese silencio brotaron sonidos mil flores abrieron finos gineceos nacieron colores de animales la sangre derramada en el campo griteríos de masas peregrinas y desperté al anochecer postrado aún bajo la higuera en verdes pastos contemplar el mundo en movimiento al ídolo onírico agradecido le ofrecí un rezo transparente para luego quemar un incienso de sándalo ser el hombre más cercano a la divinidad conlleva un alto sacrificio la soledad y la locura se nace para morir más allá del sufrimiento donde hay tristeza hay alegrías y volví a despertar buscando las purpúreas caricias



El camino es solo, sí. Pero al llegar, te unes a la divinidad. Vuelves a esa experiencia de la que todos nacemos, todos estamos unidos y ya no hay muchos separados si no que muchos son uno. Jamás se vuelve a estar solo. Nunca se estuvo solo.
Sacrificio, soledad, locura, el camino hacia lo espiritual parece lleno de todo eso, y hay una promesa mas allá que aún no logro vislumbrar, hoy habito en ese bardo solitario, a veces me pregunto si valdrá la pena continuar o regresar al escenario de fantasía, a la caricia purpúrea